El reloj marca las 5.30 a.m. y los ojos del hombre del lente se abren como por encanto. Se voltea para un costado, se voltea para el otro, pero es en vano, nunca puede volver a dormir cuando sus ojos ya empezaron a ver. Estira el brazo, enciende la radio que está sobre su mesita de noche -siempre sintonizada en Radio Programas- y permanece echado escuchando lo que pasa en el país. Cuando son las 7 de la mañana, recién se siente con fuerzas para levantarse. Se lava la cara, se peina y se viste: polo, camisa, pantalón, zapatillas, correa, un viejo saco cuadriculado y gris, y su infaltable cámara fotográfica marca Yashika, la cual siempre lleva colgada al cuello. Cierra su cuarto y baja a la redacción del periódico donde comenzará otra vez -como deliciosa maldición- la vida que eligió: el periodismo gráfico.
Toribio Seferino Electo Ramos o el “tío Electo” tiene 66 años y vive solo. Vive en un modesto cuarto ubicado en el último piso del edificio del diario Últimas Noticias, su centro de labores y actual domicilio, donde no recibe muchas visitas. Hemos llegado para entrevistarlo y nos vamos caminando a la plaza de armas. Es la una de la tarde y al verlo pienso en si tendrá hambre. Bajito, ojos achinados y sonrisa de niño, a pesar de su edad, él dista mucho de ser un adulto mayor ‘normal’, pues en lugar de descansar se la pasa todo el día correteando por la ciudad los hechos noticiosos para hacer ‘click’ en los momentos más precisos. Y es que en eso de sacar fotos tiene algo de experiencia: se ha pasado más de 50 años haciéndolo y prácticamente todo lo que han visto sus ojos, lo han visto también -y registrado- sus cámaras.
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Toribio Electo no siempre fue “tío” ni un experimentado reportero gráfico. Todo empezó hace muchos años, cuando trabajaba en el laboratorio fotográfico de su padre. Era 1949 y su familia había llegado recién a Chimbote proveniente de Huaral, su tierra natal. Tenía 12 años y a pesar de su corta edad era ya un experto en el revelado. Sin embargo, no estaba contento. No le gustaba estar encerrado, así que decidió salir y continuar el camino que su padre le había trazado: la fotografía periodística.
Tres años después de intensa labor callejera -en la que tomaba desde bautizos hasta accidentes y entrevistas- se presentó a un concurso de fotografía para una revista limeña, quedando entre los ocho primeros lugares. Más tarde, tras hacer unas fotos a la Hidroeléctrica de Huallanca para una revista, recibió la invitación formal del director de esa medio para trabajar en Lima, la cual aceptó un año después. Por desgracia, luego de ocho meses de trabajo, su mentor se vio obligado a emigrar al extranjero sin que él pudiera acompañarlo –a pesar de que recibió su invitación- por ser menor de edad. A partir de entonces, a sus 17 años, el adolescente Electo se aferró aún más a sus cámaras fotográficas y junto a ellas sobrevivió a la Lima de los años 50, ofreciendo sus mejores trabajos a diarios como La Crónica -donde trabajó sólo un mes porque querían que volviera al laboratorio-, La Prensa y Última Hora; además de empresas privadas.
Pero si hay algo que ha marcado la vida de Toribio Electo es la soledad, esa depresiva amiga que acompaña a los que escogen contar la vida de los demás, en lugar de vivir una propia. El novel reportero gráfico sintió por primera vez el aliento de la nostalgia respirando en su nuca después de un año y medio perdido en la capital y decidió regresar a buen puerto.
En Chimbote, puso el estudio Fotografías Electo y no volvió al mundo periodístico hasta después de un año cuando fue convocado para colaborar con La Industria de Trujillo, que entonces editaba una página de Chimbote en su edición trujillana. También, fue convocado por el diario El Santa para sus últimos números. Luego, entró a trabajar en el diario El Faro hasta 1964, para después unirse al periódico La Noticia, “el diario que tuvo el primer equipo offset del país y, sin embargo, cerró a los siete meses cuando le quitaron ese primer equipo offset del país”.
Después del fiasco de La Noticia, el ya “señor Electo” continuó colaborando con los diarios El Comercio, La Industria y La Prensa, y de paso se las arregló para ayudar a fundar algunas instituciones gremiales para periodistas chimbotanos como el Centro Federado de Periodistas y el Círculo de Periodistas Deportivos.
Luego de su etapa como fundador, Electo sintió que el tiempo pasó demasiado rápido. En 1970, notó que aparecían en Chimbote más fotógrafos interesados en trabajar para la prensa, ello en lugar de inspirarle temor por la mayor competencia, le hizo experimentar una grata sensación de compañía: ahora ya tenía colegas con quienes conversar. Pero quienes sí le afectaron, y bastante, fueron los modernos estudios fotográficos que con sus mejores y costosos equipos, le obligaron a cerrar Fotografías Electo, dedicándose a partir de entonces, en exclusiva, a tomar fotos tanto para periódicos como para particulares.
El tiempo, sin embargo, siguió pasando inexorable y de pronto, en plena década de los 90, nuestro personaje se percató un día que respondía al llamado: “hey, tío Electo”. “¡Qué barbaridad! Ya soy un tío”, pensó don Electo viendo que a su alrededor había infinidad de jovencitos con sus pequeñas cámaras digitales imitando sus primeros pasos. Para entonces ya había conseguido el empleo de reportero gráfico en el diario Últimas Noticias y ahí sigue laborando hasta ahora.
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Pero la historia del tío Electo no tiene un final feliz. Eso ocurre sólo en las telenovelas rosas y su vida no es una de ellas. Al final, tanta aventura le ha pasado la factura y se ha cobrado con lo que más quería: su familia. Desde hace tres años, vive alejado de esposa, sus tres hijos y sus tres nietos, distanciamiento del que no quiso explicar las causas, limitándose a señalar que era consecuencia de “necedades”. Sin embargo, lo cierto es que ello le ha afectado mucho, pues parece que finalmente la soledad logró alcanzarlo.
“A las 6 de la tarde cuando entrego mis negativos, salgo del periódico a relajarme para distraer la soledad (...) Espero que después puedan recapacitar en mi casa y me digan ‘regresa’; esa es mi mayor ilusión. Puedo ir si deseo a mi casa porque hay una orden del juez de que puedo hacerlo, pero quiero que me inviten sino no”, dice poniendo rojos sus ojos chinitos.
Un símbolo de su destierro es precisamente su famosa bicicleta de plástico, aquel vehículo que es motivo de bromas entre sus colegas periodistas, pero que pocos saben tiene conexión directa con su problema. “Es de mi nieto y mi hija me la prestó hace tres años porque me dolía la pierna izquierda de tanto caminar, pero como después pasó lo ‘otro’ ya no pude devolverla”, señala mirando al piso y casi a punto de quebrarse.
Son las 2 de la tarde y la entrevista ha terminado. El tío Electo regresa a su cuarto pequeño y solitario del diario Últimas Noticias, y literalmente se queda a esperar que lo llamen de su casa. Por ahora, está acompañado por sus cientos de recuerdos, sus tres cámaras fotográficas (dos malogradas), su bicicleta de plástico con dos atropellos en su haber, las calles ahuecadas de Chimbote y sus colegas.
Me voy alejando de la plaza de armas y recuerdo lo último que me dijo sobre lo que significaba la fotografía para él: “La fotografía ha sido para mí una forma de subsistir; sin ella, en estos momentos estaría descarriado; gracias a esta actividad y mis colegas, entre bromas y verdades, me he salvado de una gran soledad; la fotografía me ha hecho saber que no estoy desechado”, concluye. Y es todo. El rollo se acabó.
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