Los jóvenes son el grupo más vulnerable ante las
drogas. Aquí el testimonio de uno que pudo dejarlas
drogas. Aquí el testimonio de uno que pudo dejarlas
A la mañana siguiente, María regresó sorpresivamente. Se había ido la noche anterior diciendo que se marchaba para siempre, pero ahí estaba de nuevo diciendo que venía por la válvula del balón de gas. A lo mejor era solo un pretexto para verlo otra vez o tal vez tenía la esperanza de que él le dijera que estaba dispuesto a cambiar con tal de no separarse de ella y sus hijos. Pero se equivocó. Cuando vio a Manuel, él tenía en la mano una bolsa con varias cosas de su hogar -incluida la válvula del gas-, lista para llevarla a vender y con ese dinero comprar eso que los estaba separando: droga.
María se desesperó y se lanzó a quitarle la bolsa, él opuso resistencia y ante la insistencia de su esposa, la golpeó. Cuando Manuel reaccionó de su arrebato, vio a su mujer con la nariz rota y la sangre escurriéndole por la boca y el cuello. También se dio cuenta, recién, y solo para hacer aún más inaguantable su culpa, que sus hijos habían estado presentes y ahora lo veían espantados. Manuel supo entonces que había tocado fondo.
18 AÑOS PERDIDO
“Empecé a consumir drogas a los 15 años cuando vivía en (el pueblo joven) San Pedro”, me dice Manuel, sentado frente a mí en un ambiente del Centro Crédito o Casa de la Juventud, institución que forma parte de los cuatro locales para ayuda juvenil construidos por gestión del Padre Juan Davis y que no tiene nada que ver con otra entidad homónima donde se cometieron abusos.
Manuel aparenta menos que sus 32 años de edad, tiene una mirada casi inocentona y en la calle nadie se imaginaría todo lo que ha pasado por las drogas. Ha empezado a contarme su historia y poco a poco va llevándome por ese camino que le llevó desde ese día en su colegio hasta su entrevista conmigo.
“Probé la marihuana por curiosidad. Estaba en tercer año, mis amigos tenían, me dijeron si quería y acepté. Después de eso ya no entraba al colegio, comencé a tomar, le robaba dinero a mi madre -ella vendía pescado en el mercado- para comprar más marihuana y luego probé la PBC”, cuenta.
Después de eso, Manuel nunca pudo escapar de las drogas. Con tan solo 15 años y sabiendo que ya había perdido el año escolar, se enlistó en el ejército. Hizo el servicio en la Oficina de Reclutamiento Militar de Piura, pero allí también consumía PBC. Dos años después, al terminar su servicio, salió directo a consumir y esa misma noche le arrestaron. Fue a parar a la cárcel de Piura y tras dos meses y medio ahí, retornó a Chimbote donde lejos de aprender la lección, abandonó el trabajo que había conseguido como vigilante y, con el arma que le dieron, volverse asaltante para poder comprar drogas.
Luego de estar varios años así, conoció a su esposa y con ella debió huir para evitar que lo atraparan junto a los otros integrantes de su banda. En Sullana, donde se quedaron, pasó dos años y medio sin drogarse, trabajando de prevendedor. Parecía que había sanado, pero al retornar a Chimbote nuevamente cayó y con más fuerza, al punto de perder lo que más ama: su familia.
“Una noche, cuando mi esposa dormía, cogí el dinero que ella ganaba vendiendo comidita; había como 28 soles más o menos, lo cogí y fui a consumir; regresé a las 5 de la madrugada del día siguiente, ella me estaba esperando y me dijo que había decidido irse. ‘Ya pues, si te quieres ir, ándate’, le dije y esa noche se fue”.
A la mañana siguiente, él la golpeó delante de sus hijos y eso sería todo. Desde entonces no los volvió a recuperar. Desesperado buscó ayuda y su búsqueda le llevó a “Matt Talbot”, casa de acogida de la parroquia Perpetuo Socorro donde se rehabilitó durante un año. Tres meses después está contándome su historia.
LA MORALEJA
Luego de 18 años de vivir atrapado por las drogas, Manuel lleva ya más de un año sin probarlas. Ahora asiste a la Casa de la Juventud donde aprende soldadura y calderería. Dice que cuando recuerda todo lo que vivió siente “algo” en el corazón y aunque el temor a recaer siempre está presente, él solo le pide a Dios que le cambie. “Para mí cada día que vivo es un sacrificio; solo espero recuperarme, salir a trabajar y si Dios quiere que mi familia vuelva”, señala.
“Pediría a los padres que conversen con sus hijos sobre las drogas; lo material yo lo tenía, pero no conversaban conmigo; la droga solo espera un descuido para apoderarse de ti; está en la calle, no la vemos pero ahí está, bajo la forma de un mal amigo que te la ofrece; hay que estar atentos”.
María se desesperó y se lanzó a quitarle la bolsa, él opuso resistencia y ante la insistencia de su esposa, la golpeó. Cuando Manuel reaccionó de su arrebato, vio a su mujer con la nariz rota y la sangre escurriéndole por la boca y el cuello. También se dio cuenta, recién, y solo para hacer aún más inaguantable su culpa, que sus hijos habían estado presentes y ahora lo veían espantados. Manuel supo entonces que había tocado fondo.
18 AÑOS PERDIDO
“Empecé a consumir drogas a los 15 años cuando vivía en (el pueblo joven) San Pedro”, me dice Manuel, sentado frente a mí en un ambiente del Centro Crédito o Casa de la Juventud, institución que forma parte de los cuatro locales para ayuda juvenil construidos por gestión del Padre Juan Davis y que no tiene nada que ver con otra entidad homónima donde se cometieron abusos.
Manuel aparenta menos que sus 32 años de edad, tiene una mirada casi inocentona y en la calle nadie se imaginaría todo lo que ha pasado por las drogas. Ha empezado a contarme su historia y poco a poco va llevándome por ese camino que le llevó desde ese día en su colegio hasta su entrevista conmigo.
“Probé la marihuana por curiosidad. Estaba en tercer año, mis amigos tenían, me dijeron si quería y acepté. Después de eso ya no entraba al colegio, comencé a tomar, le robaba dinero a mi madre -ella vendía pescado en el mercado- para comprar más marihuana y luego probé la PBC”, cuenta.
Después de eso, Manuel nunca pudo escapar de las drogas. Con tan solo 15 años y sabiendo que ya había perdido el año escolar, se enlistó en el ejército. Hizo el servicio en la Oficina de Reclutamiento Militar de Piura, pero allí también consumía PBC. Dos años después, al terminar su servicio, salió directo a consumir y esa misma noche le arrestaron. Fue a parar a la cárcel de Piura y tras dos meses y medio ahí, retornó a Chimbote donde lejos de aprender la lección, abandonó el trabajo que había conseguido como vigilante y, con el arma que le dieron, volverse asaltante para poder comprar drogas.
Luego de estar varios años así, conoció a su esposa y con ella debió huir para evitar que lo atraparan junto a los otros integrantes de su banda. En Sullana, donde se quedaron, pasó dos años y medio sin drogarse, trabajando de prevendedor. Parecía que había sanado, pero al retornar a Chimbote nuevamente cayó y con más fuerza, al punto de perder lo que más ama: su familia.
“Una noche, cuando mi esposa dormía, cogí el dinero que ella ganaba vendiendo comidita; había como 28 soles más o menos, lo cogí y fui a consumir; regresé a las 5 de la madrugada del día siguiente, ella me estaba esperando y me dijo que había decidido irse. ‘Ya pues, si te quieres ir, ándate’, le dije y esa noche se fue”.
A la mañana siguiente, él la golpeó delante de sus hijos y eso sería todo. Desde entonces no los volvió a recuperar. Desesperado buscó ayuda y su búsqueda le llevó a “Matt Talbot”, casa de acogida de la parroquia Perpetuo Socorro donde se rehabilitó durante un año. Tres meses después está contándome su historia.
LA MORALEJA
Luego de 18 años de vivir atrapado por las drogas, Manuel lleva ya más de un año sin probarlas. Ahora asiste a la Casa de la Juventud donde aprende soldadura y calderería. Dice que cuando recuerda todo lo que vivió siente “algo” en el corazón y aunque el temor a recaer siempre está presente, él solo le pide a Dios que le cambie. “Para mí cada día que vivo es un sacrificio; solo espero recuperarme, salir a trabajar y si Dios quiere que mi familia vuelva”, señala.
“Pediría a los padres que conversen con sus hijos sobre las drogas; lo material yo lo tenía, pero no conversaban conmigo; la droga solo espera un descuido para apoderarse de ti; está en la calle, no la vemos pero ahí está, bajo la forma de un mal amigo que te la ofrece; hay que estar atentos”.