23 agosto 2008

Juventud perdida: cuando la droga ataca

Los jóvenes son el grupo más vulnerable ante las
drogas. Aquí el testimonio de uno que pudo dejarlas



A la mañana siguiente, María regresó sorpresivamente. Se había ido la noche anterior diciendo que se marchaba para siempre, pero ahí estaba de nuevo diciendo que venía por la válvula del balón de gas. A lo mejor era solo un pretexto para verlo otra vez o tal vez tenía la esperanza de que él le dijera que estaba dispuesto a cambiar con tal de no separarse de ella y sus hijos. Pero se equivocó. Cuando vio a Manuel, él tenía en la mano una bolsa con varias cosas de su hogar -incluida la válvula del gas-, lista para llevarla a vender y con ese dinero comprar eso que los estaba separando: droga.

María se desesperó y se lanzó a quitarle la bolsa, él opuso resistencia y ante la insistencia de su esposa, la golpeó. Cuando Manuel reaccionó de su arrebato, vio a su mujer con la nariz rota y la sangre escurriéndole por la boca y el cuello. También se dio cuenta, recién, y solo para hacer aún más inaguantable su culpa, que sus hijos habían estado presentes y ahora lo veían espantados. Manuel supo entonces que había tocado fondo.

18 AÑOS PERDIDO
“Empecé a consumir drogas a los 15 años cuando vivía en (el pueblo joven) San Pedro”, me dice Manuel, sentado frente a mí en un ambiente del Centro Crédito o Casa de la Juventud, institución que forma parte de los cuatro locales para ayuda juvenil construidos por gestión del Padre Juan Davis y que no tiene nada que ver con otra entidad homónima donde se cometieron abusos.

Manuel aparenta menos que sus 32 años de edad, tiene una mirada casi inocentona y en la calle nadie se imaginaría todo lo que ha pasado por las drogas. Ha empezado a contarme su historia y poco a poco va llevándome por ese camino que le llevó desde ese día en su colegio hasta su entrevista conmigo.

“Probé la marihuana por curiosidad. Estaba en tercer año, mis amigos tenían, me dijeron si quería y acepté. Después de eso ya no entraba al colegio, comencé a tomar, le robaba dinero a mi madre -ella vendía pescado en el mercado- para comprar más marihuana y luego probé la PBC”, cuenta.

Después de eso, Manuel nunca pudo escapar de las drogas. Con tan solo 15 años y sabiendo que ya había perdido el año escolar, se enlistó en el ejército. Hizo el servicio en la Oficina de Reclutamiento Militar de Piura, pero allí también consumía PBC. Dos años después, al terminar su servicio, salió directo a consumir y esa misma noche le arrestaron. Fue a parar a la cárcel de Piura y tras dos meses y medio ahí, retornó a Chimbote donde lejos de aprender la lección, abandonó el trabajo que había conseguido como vigilante y, con el arma que le dieron, volverse asaltante para poder comprar drogas.

Luego de estar varios años así, conoció a su esposa y con ella debió huir para evitar que lo atraparan junto a los otros integrantes de su banda. En Sullana, donde se quedaron, pasó dos años y medio sin drogarse, trabajando de prevendedor. Parecía que había sanado, pero al retornar a Chimbote nuevamente cayó y con más fuerza, al punto de perder lo que más ama: su familia.

“Una noche, cuando mi esposa dormía, cogí el dinero que ella ganaba vendiendo comidita; había como 28 soles más o menos, lo cogí y fui a consumir; regresé a las 5 de la madrugada del día siguiente, ella me estaba esperando y me dijo que había decidido irse. ‘Ya pues, si te quieres ir, ándate’, le dije y esa noche se fue”.

A la mañana siguiente, él la golpeó delante de sus hijos y eso sería todo. Desde entonces no los volvió a recuperar. Desesperado buscó ayuda y su búsqueda le llevó a “Matt Talbot”, casa de acogida de la parroquia Perpetuo Socorro donde se rehabilitó durante un año. Tres meses después está contándome su historia.

LA MORALEJA
Luego de 18 años de vivir atrapado por las drogas, Manuel lleva ya más de un año sin probarlas. Ahora asiste a la Casa de la Juventud donde aprende soldadura y calderería. Dice que cuando recuerda todo lo que vivió siente “algo” en el corazón y aunque el temor a recaer siempre está presente, él solo le pide a Dios que le cambie. “Para mí cada día que vivo es un sacrificio; solo espero recuperarme, salir a trabajar y si Dios quiere que mi familia vuelva”, señala.

“Pediría a los padres que conversen con sus hijos sobre las drogas; lo material yo lo tenía, pero no conversaban conmigo; la droga solo espera un descuido para apoderarse de ti; está en la calle, no la vemos pero ahí está, bajo la forma de un mal amigo que te la ofrece; hay que estar atentos”.

El viejo hombre del lente

El reloj marca las 5.30 a.m. y los ojos del hombre del lente se abren como por encanto. Se voltea para un costado, se voltea para el otro, pero es en vano, nunca puede volver a dormir cuando sus ojos ya empezaron a ver. Estira el brazo, enciende la radio que está sobre su mesita de noche -siempre sintonizada en Radio Programas- y permanece echado escuchando lo que pasa en el país. Cuando son las 7 de la mañana, recién se siente con fuerzas para levantarse. Se lava la cara, se peina y se viste: polo, camisa, pantalón, zapatillas, correa, un viejo saco cuadriculado y gris, y su infaltable cámara fotográfica marca Yashika, la cual siempre lleva colgada al cuello. Cierra su cuarto y baja a la redacción del periódico donde comenzará otra vez -como deliciosa maldición- la vida que eligió: el periodismo gráfico.
Toribio Seferino Electo Ramos o el “tío Electo” tiene 66 años y vive solo. Vive en un modesto cuarto ubicado en el último piso del edificio del diario Últimas Noticias, su centro de labores y actual domicilio, donde no recibe muchas visitas. Hemos llegado para entrevistarlo y nos vamos caminando a la plaza de armas. Es la una de la tarde y al verlo pienso en si tendrá hambre. Bajito, ojos achinados y sonrisa de niño, a pesar de su edad, él dista mucho de ser un adulto mayor ‘normal’, pues en lugar de descansar se la pasa todo el día correteando por la ciudad los hechos noticiosos para hacer ‘click’ en los momentos más precisos. Y es que en eso de sacar fotos tiene algo de experiencia: se ha pasado más de 50 años haciéndolo y prácticamente todo lo que han visto sus ojos, lo han visto también -y registrado- sus cámaras.

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Toribio Electo no siempre fue “tío” ni un experimentado reportero gráfico. Todo empezó hace muchos años, cuando trabajaba en el laboratorio fotográfico de su padre. Era 1949 y su familia había llegado recién a Chimbote proveniente de Huaral, su tierra natal. Tenía 12 años y a pesar de su corta edad era ya un experto en el revelado. Sin embargo, no estaba contento. No le gustaba estar encerrado, así que decidió salir y continuar el camino que su padre le había trazado: la fotografía periodística.
Tres años después de intensa labor callejera -en la que tomaba desde bautizos hasta accidentes y entrevistas- se presentó a un concurso de fotografía para una revista limeña, quedando entre los ocho primeros lugares. Más tarde, tras hacer unas fotos a la Hidroeléctrica de Huallanca para una revista, recibió la invitación formal del director de esa medio para trabajar en Lima, la cual aceptó un año después. Por desgracia, luego de ocho meses de trabajo, su mentor se vio obligado a emigrar al extranjero sin que él pudiera acompañarlo –a pesar de que recibió su invitación- por ser menor de edad. A partir de entonces, a sus 17 años, el adolescente Electo se aferró aún más a sus cámaras fotográficas y junto a ellas sobrevivió a la Lima de los años 50, ofreciendo sus mejores trabajos a diarios como La Crónica -donde trabajó sólo un mes porque querían que volviera al laboratorio-, La Prensa y Última Hora; además de empresas privadas.
Pero si hay algo que ha marcado la vida de Toribio Electo es la soledad, esa depresiva amiga que acompaña a los que escogen contar la vida de los demás, en lugar de vivir una propia. El novel reportero gráfico sintió por primera vez el aliento de la nostalgia respirando en su nuca después de un año y medio perdido en la capital y decidió regresar a buen puerto.
En Chimbote, puso el estudio Fotografías Electo y no volvió al mundo periodístico hasta después de un año cuando fue convocado para colaborar con La Industria de Trujillo, que entonces editaba una página de Chimbote en su edición trujillana. También, fue convocado por el diario El Santa para sus últimos números. Luego, entró a trabajar en el diario El Faro hasta 1964, para después unirse al periódico La Noticia, “el diario que tuvo el primer equipo offset del país y, sin embargo, cerró a los siete meses cuando le quitaron ese primer equipo offset del país”.
Después del fiasco de La Noticia, el ya “señor Electo” continuó colaborando con los diarios El Comercio, La Industria y La Prensa, y de paso se las arregló para ayudar a fundar algunas instituciones gremiales para periodistas chimbotanos como el Centro Federado de Periodistas y el Círculo de Periodistas Deportivos.
Luego de su etapa como fundador, Electo sintió que el tiempo pasó demasiado rápido. En 1970, notó que aparecían en Chimbote más fotógrafos interesados en trabajar para la prensa, ello en lugar de inspirarle temor por la mayor competencia, le hizo experimentar una grata sensación de compañía: ahora ya tenía colegas con quienes conversar. Pero quienes sí le afectaron, y bastante, fueron los modernos estudios fotográficos que con sus mejores y costosos equipos, le obligaron a cerrar Fotografías Electo, dedicándose a partir de entonces, en exclusiva, a tomar fotos tanto para periódicos como para particulares.
El tiempo, sin embargo, siguió pasando inexorable y de pronto, en plena década de los 90, nuestro personaje se percató un día que respondía al llamado: “hey, tío Electo”. “¡Qué barbaridad! Ya soy un tío”, pensó don Electo viendo que a su alrededor había infinidad de jovencitos con sus pequeñas cámaras digitales imitando sus primeros pasos. Para entonces ya había conseguido el empleo de reportero gráfico en el diario Últimas Noticias y ahí sigue laborando hasta ahora.

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Pero la historia del tío Electo no tiene un final feliz. Eso ocurre sólo en las telenovelas rosas y su vida no es una de ellas. Al final, tanta aventura le ha pasado la factura y se ha cobrado con lo que más quería: su familia. Desde hace tres años, vive alejado de esposa, sus tres hijos y sus tres nietos, distanciamiento del que no quiso explicar las causas, limitándose a señalar que era consecuencia de “necedades”. Sin embargo, lo cierto es que ello le ha afectado mucho, pues parece que finalmente la soledad logró alcanzarlo.
“A las 6 de la tarde cuando entrego mis negativos, salgo del periódico a relajarme para distraer la soledad (...) Espero que después puedan recapacitar en mi casa y me digan ‘regresa’; esa es mi mayor ilusión. Puedo ir si deseo a mi casa porque hay una orden del juez de que puedo hacerlo, pero quiero que me inviten sino no”, dice poniendo rojos sus ojos chinitos.
Un símbolo de su destierro es precisamente su famosa bicicleta de plástico, aquel vehículo que es motivo de bromas entre sus colegas periodistas, pero que pocos saben tiene conexión directa con su problema. “Es de mi nieto y mi hija me la prestó hace tres años porque me dolía la pierna izquierda de tanto caminar, pero como después pasó lo ‘otro’ ya no pude devolverla”, señala mirando al piso y casi a punto de quebrarse.
Son las 2 de la tarde y la entrevista ha terminado. El tío Electo regresa a su cuarto pequeño y solitario del diario Últimas Noticias, y literalmente se queda a esperar que lo llamen de su casa. Por ahora, está acompañado por sus cientos de recuerdos, sus tres cámaras fotográficas (dos malogradas), su bicicleta de plástico con dos atropellos en su haber, las calles ahuecadas de Chimbote y sus colegas.
Me voy alejando de la plaza de armas y recuerdo lo último que me dijo sobre lo que significaba la fotografía para él: “La fotografía ha sido para mí una forma de subsistir; sin ella, en estos momentos estaría descarriado; gracias a esta actividad y mis colegas, entre bromas y verdades, me he salvado de una gran soledad; la fotografía me ha hecho saber que no estoy desechado”, concluye. Y es todo. El rollo se acabó.

22 agosto 2008

Los colectiveros y a razón de la sinrazón

Es realmente increíble que los choferes del transporte público en automóviles, es decir los colectiveros, pretendan elevar sus tarifas con el pretexto del alza de los combustibles y encima se atrevan a chantajear a las autoridades exigiéndoles que se legalice llevar dos pasajeros en el asiento delantero si es que no se permite que suban los pasajes.

Los colectiveros deberían saber que ellos prestan un servicio y por lo tanto deben tratar lo mejor posible a sus clientes, o sea a los pasajeros, que es una ley de oro que respetan todas las empresas de servicios en el mundo. Sin embargo, la gran mayoría de ellos se la pasa maltratando a los pasajeros con unidades sucias, un pésimo trato y lo peor de todo aprovechándose de la necesidad de transporte de las personas para llevar dos pasajeros en el asiento delantero -por su puesto cobrándoles a cada uno su pasaje completo- que no solamente es incómodo sino PELIGROSO. Con dos personas adelante, el cinturón de seguridad no se puede colocar y en un eventual choque ambos saldrían disparados.

Y algo más sobre el denominado “quinto pasajero”, esa práctica es ilegal pues está prohibida en todo el país y Chimbote no puede ser una isla legal o un reino autónomo para permitir algo que todos los demás transportistas urbanos del Perú ya entendieron: que se debe respetar el derecho de los ciudadanos de viajar cómodos y seguros.

Tengamos entonces sentido común. ¿Con el mal servicio que presta la mayoría de las empresas de colectivos, merecen cobrar más? Estoy plenamente seguro de que si estas compañías brindaran un servicio de calidad, los chimbotanos no solo pagaríamos más -por ejemplo, redondear a 2 nuevos soles el 1.80 que ya se paga de Chimbote a Nuevo Chimbote- sino que les apoyaríamos en su petición de cobrar tarifas justas.

Pero, mientras los colectiveros sigan tratando como tratan a sus pasajeros, no creo que los chimbotanos debamos permitirles cobrar más y depende de las autoridades velar porque -al menos por el momento- ninguna de sus peticiones sea atendida.